Y, de repente todo lo que estaba a su alrededor desapareció. Solamente estaban él, ella, las lágrimas que habían pasado estos meses, los recuerdos, el odio, la soledad, y el poco amor que quedaba.
Carlota no sabía que hacer, decir, pensar, no sabía nada. Estaba bloqueada. Entonces se dió cuenta de que el también estaba igual, y, dijo la pregunta que lleva formulándose varios meses.
-¿Por qué?- Dijo ella.
-¿A que te refieres?
-¿Por qué?- Repitió ella otra vez con más odio en su voz.
-Carlota, ¿estás bien?
-No.
-Lo siento.
-Eso no me vale ya.
-No sabía que más hacer.
-Había mil opciones más. Pero no, tuvistes que irte, dejarme sola, sin una despedida.
-Espero que algún día me perdones por lo idiota que fuí.
-Eso depende
-¿De qué?
-De que no me lo vuelvas a hacer.
-No lo haré. Te lo prometo Carlota.
Carlota sonrió, se levantó de un respingo y le abrazó, fuerte, muy fuerte.
Un rato después ya se habían contado todo lo que habían pasado estos meses, aunque, Carlota sólo escuchaba, debido a que ella no había hecho nada interesante este tiempo salvo el volver a encontrarle.
Sergio le contó lo mal que lo pasó cuando se fué de su casa, cuando cogió el avión, cuando dejo a su gata en aquella ciudad, le recordaba muchas cosas.
También le explico como había conseguido el trabajo, que ahora tenía un pequeño piso en el centro, que tenía una nueva vida. Pero le faltaba algo, mejor dicho, alguien.
-Bueno, debería de haber vuelto al trabajo hace más de una hora..
-Vaya, lo siento, no debería haberte entretenido tanto.
-No importa, me encanta hablar contigo.
-¿Quieres que te acompañe?
-Pero estás trabajando...
-¡Que va! mi turno acabó hace poco más de media hora.
-Ah, entonces vale, encantada.
Salieron de la cafetería como el primer día, hace meses, en otra ciudad, con otros sentimientos menos fuertes.
-Bueno, pues aquí es.
-Vaya, bonita oficina. ¿Sabes qué?
-¿Qué?
-Que todavía no me has dicho que haces en esta ciudad.
-Vaya, tienes razón. Pues esque me han mandado hacer un reportaje muy importante y me quedaré aquí dos meses.
-Oh, genial. Nos veremos todos los días, ¿no?
-Sí, claro, iré a tu cafetería todas las mañanas.
-Y yo te acompañaré a tu oficina.
-Y yo volveré después de comer a tomar otro café.
-Y yo te invitaré esta noche a cenar como modo de disculpas.
-¿Qué?
-Eso. Conozco un restaurante muy bueno en la otra punta, puedo ir a recogerte y vamos juntos allí, yo invito. Te lo debo después de lo mal que me porté.
-Tienes razón, fuistes un idiota, acepto.
-Vaya, gracias.
-De nada- Dijo ella con una sonrisa.
-¿Te recojo a las ocho?
-A las ocho, perfecto.
Se despidieron con una gran abrazo. Esta noche iba a ser especial.