Érase una vez, el cuento más real que os podreis encontrar.
Personas con mucho, mucho dinero, "felices" por tenerlo todo cuando en realidad no tienen nada. Creyentes de poder tener a quienes quieran con sólo un chasquido de dedos, aunque, mejor dicho, con sólo un billete más. Deseosos de tener más trajes, más casas, más coches, convirtiendose en una obsesión. Esas personas que lo tienen "todo" menos amor, sinceridad y demás motivos por lo que ya no tienen nada.
Lo más triste es que, saliendo de su casa, girando a la derecha y mirando debajo del puente frío y solitario y húmedo, hay una familia, no de perros, gatos o ratas, no. Una familia como la tuya y como la mía. Una madre, un padre, una pequeñaja y el hermano mayor. Qué harán ahí, os preguntareis, pues bien, esa humilde familia ha sido echada de su casa a la fuerza. De su hogar, donde esos pequeños se estaban criando. ¿Debido a qué? Debido a que la madre no pudo sacarse los estudios, ya que la situación económica en su casa no era para poder estudiar. Es ama de casa, era, mejor dicho. Y el padre acaba de ser despedido del trabajo. Estaban echando a trabajadores y a el le tocó la papeleta mala.
Ahora no saben de que vivir, más que de tres mantas y la poca comida que encuentran en la calle. Es triste, sí, pero no es sólo eso, hay más familias, más puentes que ya no están para pasar, si no para vivir. Las puertas de los supermercados ya no están solo para esperar a que pase el coche porque si sales fuera te mojas. Ahora hay gente pidiendo comida, gente como tú y como yo, que sufren. De los contenedores y de nuestra comida caducada se alimenta mucha gente.
Mientras que otros lo tienen todo, ellos no tienen nada.
Ojalá solo fuese un cuento, ojalá.
martes, 19 de febrero de 2013
Vacío, como el corazón del rico y el bolsillo del mendigo.
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